| Misterio de Fé |
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Extraído del libro: “Esto es mi cuerpo” del P. Raniero Cantalamessa Al término de la consagración del cáliz (en el antiguo Canon romano, incluso en medio de ella) resuena la exclamación: ¡Mysterium fidei! ¡Misterio de la fe! En este caso, creer significa hacerse contemporáneos al acontecimiento y hacerse contemporáneos al acontecimiento significa escuchar las palabras “Tomen, coman, tomen, beban” y darse cuenta, por repentina iluminación, de que es el Resucitado quien habla y de que esas palabras se dirigen personalmente a ti y a quien está a tu lado, aquí y ahora. “No abran de par en par la boca, sino el corazón, -decía san Agustín-. No nos alimenta lo que vemos, sino lo que creemos”. La fe es necesaria para que se realice en la Eucaristía un verdadero “contacto” con el cuerpo de Cristo. Así sucedía también durante la vida de Jesús. Un día se acerca una mujer a Jesús, segura de que con sólo tocar el borde de su manto será curada de su hemorragia. Jesús se da la vuelta para ver quién lo ha tocado; los discípulos, con razón, le hacen notar: “¿La multitud te apretuja por todas partes y te empuja y tú dices ‘Quién me ha tocado’”? Pero Jesús insiste: “Alguno me ha tocado. He sentido que salía una fuerza de mí” (Lc 8, 45 s). En efecto, una cosa es tocar a Cristo sólo con el cuerpo y otra es tocarlo también con el alma. “Toca a Cristo quien cree en Cristo”.
También en la Eucaristía, sólo por la fe se realiza un contacto espiritual, y no sólo físico, con Jesús y se reciben las energías divinas que salen de su cuerpo. Del contacto con el cuerpo de Cristo la mujer esperaba ser curada del flujo de sangre. Nosotros podemos esperar ser curados del flujo imparable de los pensamientos vanos, de las distracciones y de todas las demás hemorragias espirituales. Se debe renovar el estupor ante el misterio eucarístico. “Oh, Dios mío, esto es demasiado más grande que nosotros: sé tú sólo, por favor, responsable de esta enormidad”. Así expresa Paul Claudel, como poeta, su asombro frente a la Eucaristía. La Eucaristía es verdaderamente, en sentido literal, una “enormidad”, algo que va más allá de todo lo que el hombre sostiene que es “normal” en el obrar de Dios con el hombre. El peligro más grave que corre la Eucaristía es el acostumbramiento, darla por descontado y, por lo tanto banalizarla. Es necesario que, de vez en cuando, se vuelva a oír también entre nosotros el grito de Juan Bautista: “En medio de ustedes está uno a quien no conocen” (Jn 1, 26). Nos horrorizamos justamente de las noticias de sagrarios profanados, de copones robados para fines execrables. Tal vez de ellos Jesús repite lo que dijo de los que lo crucificaban: “No saben lo que hacen”, pero lo que más lo entristece es quizás la frialdad de los suyos. A ellos –o sea, a nosotros- les repite las palabras del salmo: “Si todavía un enemigo me ultrajara podría soportarlo…; pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente” (Sal 54, 13-14). En las revelaciones a Santa Margarita María de Alacoque, Jesús no se lamentaba tanto de los pecados de los ateos del tiempo cuanto de la indiferencia y frialdad de las almas consagradas a él. El Señor se sirvió de una mujer no creyente para hacerme entender qué debería experimentar uno que se tomara la Eucaristía en serio. Le había dado a leer un libro sobre este tema, al verla interesada sobre el problema religioso, aunque era atea. Tras una semana, me lo devolvió diciéndome: “Usted no me puso entre las manos un libro, sino una bomba… ¿Pero se da cuenta de la enormidad del tema? Según lo que está aquí escrito, bastaría abrir los ojos para descubrir que existe todo un mundo diferente en torno a nosotros; que la sangre de un hombre muerto hace dos mil años nos salva a todos. ¿Sabe que al leerlo me temblaban las piernas y, de vez en cuando, debía dejar de leerlo y levantarme? Si esto es cierto, cambia todo”. Junto al gozo de ver que la semilla no había sido echada en vano, al oírla experimentaba una gran sensación de humillación y vergüenza. Yo había recibido la comunión pocos minutos antes, pero no me temblaban las piernas. No estaba del todo equivocado aquel ateo que un día dijo a un amigo creyente: “Si yo pudiera creer que en aquella hostia está verdaderamente el Hijo de Dios, como dicen ustedes, creo que caería de rodillas y no me levantaría nunca más”. Todo el episodio de la doble aparición en el cenáculo de Jesús resucitado, narrado por Jn 20, se evoca con la acostumbrada sobriedad de palabras. El secreto es el de hacernos contemporáneos del acontecimiento, zambullirnos en lo que le acontece al apóstol. Tomás que ha declarado que no quiere creer sin antes haber visto y tocado las llagas del Crucificado. Las dudas y las objeciones de Tomás se resolvieron siempre en bendición para nosotros. Hay una profunda analogía entre la situación de Tomás y la del creyente. En cada Eucaristía es como si Jesús entrara de nuevo, “con las puertas cerradas” en el lugar de la celebración (¡Él viene de dentro, no de fuera, sacramentalmente, no por movimiento local!). En la comunión, no sólo nos permite penetrar en su pecho, sino que Él penetra en el nuestro. Pide que toquemos sus llagas, pero también nosotros podemos pedirle que toque las nuestras… Llagas diversas a las suyas, producidas por el pecado, no por el amor. Tocarlas para curarlas. Podemos revivir la experiencia del leproso que grita a Jesús: “¡Señor, si quieres puedes curarme!” y al cual tocándolo, Jesús responde: “¡Quiero, queda limpio!” (Mt 8, 2-3) |