| Homilía Misa bodas de plata sacerdotales Pbro. Emilio Cardarelli |
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En presencia de las reliquias del corazón del Cura de Ars.
Sr. Arzobispo de Rosario, Mons. José Luis Mollaghan, Sr. Arzobispo emérito de Rosario Mons. Eduardo Mirás, Señor Obispo emérito de Santa Rosa, Mons. Reinaldo Bredice, sacerdotes con quienes hoy cumplimos las bodas de plata sacerdotales: Guillermo Bossi, Alejandro Bottoli, Juan José Calandra, Claudio Castricone, José María Lamas, Fernando Lardizábal, Víctor Pratti y Adolfo Segovia, sacerdotes todos, diáconos, semina- ristas, religiosos, consagrados, fieles laicos, queridos hermanos todos. Cuando en el marco del año sacerdotal y del jubileo por los 75 años de la creación de nuestra diócesis, nuestro Arzobispo nos invitaba para esta celebración nos decía a los sacerdotes que “la cercanía de la venerada reliquia del corazón de San Juan María Vianney, será, Dios mediante, un acontecimiento de gracia que seguramente moverá nuestros corazones a una renovación interior, y nos reconfortará con su testimonio de amor sacerdotal, para el bien de nuestro ministerio”.
En la misma invitación, Monseñor Mollaghan se hacía eco de las palabras del Santo Padre Benedicto XVI, quien, penetrando en el corazón de pastor de San Juan María Vianney, en la carta para convocar a este año sacerdotal , afirmaba: “el Cura de Ars con una profunda humildad, era consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente, y tenía conciencia de que: “un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de su misericordia”. Estamos ante el corazón de un sacerdote de profunda humildad. Como por lo general se muere conforme se ha vivido, recordemos que cuando al final de su vida, el obispo le mandó al Párroco de Ars un vicario, él le decía: “Cuando Ud. está presente aquí todavía se hace algo, pero cuando estoy solo, yo no valgo nada. Soy como los ceros que no tienen valor sino al lado de otras cifras”. Citemos también otras frases suyas dichas a lo largo de su vida: “Oh, yo todavía no he vivido un día”, como diciendo que ningún día suyo fue lo que debiera haber sido. Y también: “Debo ser un hipócrita porque me manifiesto de un modo que engaña a los otros” expresión vertida cuando comenzaron a manifestarle signos de estima y algunos honores. Simultáneamente este corazón de sacerdote humilde es un corazón que tiene un sentido superlativo de la propia dignidad. Son expresiones suyas: “El sacerdote nunca se comprenderá bien sino en el cielo” “¡Oh! ¡Qué cosa es el sacerdote! Si él se percatara de ello moriría… Dios le obedece: dice dos palabras y Nuestro Señor desciende del cielo” “El sacerdocio es el amor del Corazón de Cristo” “¡Después de Dios el sacerdote lo es todo!” Queridos hermanos sacerdotes: la dignidad de nuestro sacerdocio podría deslumbrarnos y hacer que nos mostremos delante de nuestra gente como quienes esperan ser servidos, reconocidos y honrados. Pero si la conciencia de nuestra dignidad va acompañada, como en el caso del Cura de Ars, de la humildad viviremos el sacerdocio en actitud permanente de servicio. Estamos en función de los demás, no en función de nosotros mismos y si queremos reproducir el ideal que Jesús nos enseña del sacerdote y que el Cura de Ars reproduce y nos hace familiar y accesible, debemos en este punto insistir cada vez más. Decía nuestro Santo a su gente: “El sacerdote no es sacerdote para sí mismo. Él no se da la absolución, no se administra los sacramentos. No es para sí mismo, lo es para ustedes”. Cierto, por tener la gran dignidad de ser sacerdotes, somos candidatos a cosas tremendas: nada más ni nada menos que a la cruz. El sacerdote está en el medio de un choque frontal entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado, entre el demonio y Dios. Y este choque, es el sacrificio, es la cruz de Cristo y del sacerdote. Nos dice el Papa Benedicto XVI en la citada carta convocando a este año sacerdotal: “las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el alto precio de la redención”. San Juan María Vianney participa personalmente en pagar este alto precio que las almas tienen para Dios y que le costaron la sangre de su Hijo; él siente como propios los pecados ajenos, los del mundo que lo rodea, le pesan hasta la angustia por el pensamiento del amor divino desconocido y ofendido; hace penitencia y se hace cargo de los que no son amados poniéndose al servicio de lo más pobres, creando un orfanato para niñas... Decía nuestro santo: “la gran desgracia para nosotros los párrocos es que el alma se atrofia” y entendía esto como el peligroso habituarse del pastor al estado de pecado en que viven muchas de sus ovejas, como así también a las consecuencias del pecado en la vida social. Podríamos preguntarnos en esta noche ¿cómo expresaba San Juan María Vianney en su vida espiritual la caridad pastoral de su corazón humilde y a la vez consciente de la propia dignidad? El beato Juan XXIII en la Encíclica Sacerdotii nostra primordia, con ocasión del centenario de la muerte del Cura de Ars, al hablar de la vida espiritual del Santo quiere poner de relieve algunos aspectos que, según dice, en todos los tiempos son esenciales, y ni siquiera habla de manifestaciones singulares, prodigiosas, milagrosas, como si hubiera querido señalar sólo lo que nos pueda confortar e invitar a la imitación. Tres aspectos de la vida espiritual de San Juan María Vianney subraya la Encíclica del Papa Roncalli: la ascesis, la oración y el celo pastoral. Como nota- mos, ninguna originalidad. Cierto que para nuestra vida sacerdotal hoy en día incluiríamos, dado el acento actual en la radical forma comunitaria del ministerio ordenado, la vivencia de la fraternidad sacramental en comunión con el obispo y los demás sacerdotes, como así también insistiríamos en la sensibilidad por lo misionero y por lo social, ciertamente no ausentes en la vida del Cura de Ars, pero convengamos que nada de esto es posible sin ascesis, sin oración y sin celo pastoral.
Volvamos a los aspectos señalados por Juan XXIII.
¿Quién de nosotros no busca vivir una vida coherente con el Evangelio y con la llamada al ministerio ordenado, y por ello debe negarse cada día a sí mismo, hacer pequeñas o grandes renuncias? Nuestra vida sacerdotal, marcada por el don del celibato sacerdotal, cuando es vivida según el querer de Jesús y de la Iglesia, cuando renunciamos a nuestros propios proyectos, nos coloca ya en situación de hacer penitencia.
¿Quién de nosotros no reza? Tenemos el Misal, el libro de la Liturgia de las Horas, el Ritual de los Sacramentos, en las manos todos los días. ¿Quién no ha aprendido que ha de centrar su vida en la Eucaristía, considerando lo que realiza e imitando lo que conmemora? Pero no dejemos pasar por alto la advertencia de San Juan María Vianney, que está convencido de que la causa de la tibieza en el sacerdocio es que no se pone atención a la Misa: “Dios mío, exclamaba, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviera haciendo algo ordinario!" ¿Quién no de nosotros, más allá de sus limitaciones, miserias y pecados, no busca ser cada día más servidor del santo Pueblo de Dios, sin desalentarse aún cuando no ve frutos o cuando es incomprendido o calumniado? Cierto que para perseverar en el servicio hay dos virtudes muy necesarias al sacerdote: primero la caridad que se transforma en confianza y segundo la paciencia. ¿Por qué? Porque los cambios, cuando se dan, se dan poco a poco, y, bendecidos por Dios, resultan duraderos. Por otra parte qué cuestionador es, cuándo a pesar de nuestros esfuerzos parece que “no pasa nada” en nuestras comunidades, el recordar la bien conocida respuesta que San Juan María Vianney dio a un compañero cuando éste se quejaba de la poca eficacia de su ministerio: “¿Ha usted orado, ha llorado, gemido y suspirado? ¿Ha ayunado, ha dormido en el suelo, se ha disciplinado? Mientras a esto se niegue, no crea haberlo hecho todo”. Todo esto que hacemos: abnegarnos a nosotros mismos, orar, servir al Pueblo de Dios, es un programa ordinario; justamente lo que nos hace entrar en sintonía con el corazón del Cura de Ars es esta falta de singularidad, de fórmulas nuevas, de una originalidad caprichosa, de todo aquello que nos aleja de este camino que es el sacerdocio dedicado a la cura de almas. En lo íntimo del corazón del P. Vianney: humildad profunda y conciencia de la propia dignidad, en la praxis cotidiana que expresa la caridad pastoral de su corazón: ascesis, oración, celo pastoral, repetidos con monotonía pero a la vez con delicada fidelidad, con una conciencia siempre más reflexiva y profunda, con pureza de corazón, con amor cada vez más creciente e intenso: “lo que nos impide a los sacerdotes ser santos es la falta de reflexión; no se entra en sí; no se sabe lo que se hace; necesitamos la reflexión, la oración, la unión con Dios” , decía el santo Cura. ¡Cuánto bien nos hace recordar aquel hecho que ha quedado para la historia! El célebre predicador dominico, el P. Lacordaire, de incógnito se acerca a Ars. Quiere conocer al párroco de Ars. Se ha disfra- zado. Quiere no ser reconocido. Sin embargo, alguien cerca de Ars lo observa atentamente y descubre que es el gran predicador de Notre Dame. Después de un titubeo inicial él admite que sí, es el P. Lacordaire. Y el que lo ha reconocido le pregunta el motivo de su viaje a Ars, un pueblito pequeño e insignificante comparado con la grandiosa París, y él responde: “Vengo a ver como vive un sacerdote lo que yo predico. Porque yo lo predico y él lo vive”. Sé que a lo largo de estos 75 años de vida de nuestra diócesis muchos han vivido y están viviendo lo que he predicado ciertamente sin poseer la elocuencia del célebre dominico. Quienes hoy cumplimos nuestras bodas de plata, todos los sacerdotes que estamos aquí quisiéramos imitar más radicalmente al Cura de Ars, viviendo en este tercer milenio del cristianismo, con fidelidad creativa, los valores que él vivió. ¡Cómo no pedir a quienes nos acompañan en esta noche la bondad de suplicar para todos nosotros, sus sacer- dotes, la gracia de un corazón como el de San Juan María Vianney, tan semejante al de Jesús Sumo y Eterno Sacerdote, Pastor y Guardián de nuestras almas, para que cada uno de nosotros pueda decir con el Cura de Ars: “Ser amado por Dios, estar unido a Dios, vivir en la presencia de Dios, vivir para Dios: ¡cuán hermosa vida, cuán bella muerte!”
Pbro. Emilio Cardarelli Vicario Episcopal de la Arquidiócesis de Rosario |