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Oración de intercesión

La Oración de un corazón que ama mucho.

 

Al escribir este sencillo artículo, he pedido al Señor la gracia, no sólo de “informar” acerca de la oración de intercesión, sino y sobre todo el poder acrecentar en nuestros corazones el don de la Fe, base indispensable para reconocer y llevar a la práctica la oración de intercesión.

 

Extraigo de los números 2634 y 2635 del Catecismo de la Iglesia Católica, algunas nociones básicas que se nos enseñan acerca de la oración de intercesión: “La intercesión es una oración de petición que nos conforma muy cerca con la oración de Jesús…” “Es lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios”. “En la intercesión el que ora busca no su propio interés sino el de los demás” (Flp. 2, 4). “Interceder es pedir a favor de otro”.

 

Una mirada realista nos enfrenta hoy a un panorama difícil, donde la fe de muchos se va entibiando o apagando, valores (antes indiscutibles) van cayendo, las costumbres se van corrompiendo, el materialismo insensibiliza y crea injusticias sociales alarmantes, la familia y la vida son atacadas sin compasión, la superficialidad crece y también los miedos, las angustias, la inseguridad… enfermedades propias de una sociedad que va desalojando a Dios y por eso se siente huérfana.

Lejos de desanimarnos o ponernos en el lugar de jueces, los católicos debemos recuperar la convicción y la confianza en el poder de la intercesión.

Siempre existió y existe el peligro de caer en la trampa de dar prioridad a un activismo (aún eclesial) que se apoya en nuestras propias capacidades y fuerzas (sea intelectuales, de organización, elocuencia, etc.) Un verdadero peligro que termina socavando la fe.

La oración de intercesión es propia de los corazones sencillos, por eso la humildad es una actitud fundamental para interceder, ahí radica su fuerza, en que uno no se apoya en sí mismo, sino que pone su confianza en Dios, es por eso que “la súplica del humilde atraviesa las nubes”. (Eclo. 35, 17)

La Sagrada Escritura desborda de ejemplos de intercesores. En el Antiguo Testamento entre tantos que encontramos, valga como modelo la persona de Moisés “el hombre más humilde sobre la tierra” (Num. 12, 3), que tantas veces intercedió ante Dios por un pueblo rebelde y obstinado y por sus ruegos, Dios tuvo misericordia de ellos (Ex. 32, 11-14).

En el Evangelio se nos muestra cómo la intercesión puede adelantar la intervención de Dios, ya sea para aumentar la fe de los creyentes como para liberar a los que son víctimas del mal.

En el capítulo 2 de San Juan, nuestra Madre, durante unas bodas en Caná de Galilea, adelantó con su súplica “el signo” milagroso de Jesús, lo que aumentó la fe de sus discípulos en Él (Jn. 2, 1-11).

En Mateo 15, una mujer cananea, cuya hija sufre la opresión del demonio, con sus insistentes ruegos “arranca” el milagro a Jesús y así adelanta la intervención de Dios sobre los paganos, que en el plan de salvación estaba reservada para después del anunció de la Buena Nueva a todo el Pueblo de Israel (Mt. 15, 21-28).

En el libro de los hechos de los Apóstoles, es la comunidad unida que ora por el Apóstol Pedro encarcelado, la que consigue con sus ruegos la liberación milagrosa del Príncipe de los Apóstoles (Hch. 12, 5-11). ¡Qué modelo sobre la eficacia de la oración de intercesión comunitaria por la liberación de una persona presa de cualquier tipo de mal o miseria!

El Apóstol Pablo invitaba a sus comunidades a interceder unas por otras y por él mismo, pidiendo lo ayuden con sus plegarias “a fin de que encuentre palabras adecuadas para anunciar resueltamente el misterio del Evangelio” (Ef. 6, 18-20).

Para los que estamos en el ministerio de la predicación que seguridad y paz es saberse apoyado por la oración de muchos. Cuánto me edifica y qué confianza pone en mi corazón, contemplar esos pequeños cenáculos de Fe y Fidelidad en que almas llenas de bondad y sencillez no dejan de reunirse semanalmente en sus parroquias o casas de familia para rezar el Santo Rosario, la Coronilla de la Misericordia o compartir la Palabra. Como sacerdote les agradezco enormemente. La fortaleza en el ministerio, el poder permanecer fieles a Cristo y a la Iglesia se lo debemos grandemente a esos ruegos ocultos y humildes que nos sostienen en el combate apostólico diario.

¡Qué sería de este pobre mundo sin esos pararrayos que son las comunidades de hermanas carmelitas, las comunidades trapenses o las cartujas, donde almas consagradas ofrecen no sólo su oración sino sus vidas enteras por la conversión de la humanidad.

María, nuestra Madre, poderosísima intercesora desde el Cielo, nos invita imperiosamente en su aparición en Fátima a rogar por la humanidad, la oración hecha con fe, nos enseña Ella, puede cambiar el curso de los hechos históricos. Nos dice nuestra Madre: “Rezad todos los días el Rosario por la paz del mundo y el fin de la guerra”… y agrega: “sólo la oración puede obtener esto”.

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, como “único Mediador entre Dios y los hombres” (1 Tim. 2, 5) nos asocia por gracia a su intercesión, a Él nos unimos cuando intercedemos como Iglesia por toda la humanidad.

Jesús, durante su vida terrena, vivió intercediendo por nosotros, en la llamada “Oración Sacerdotal” del capítulo 17 de San Juan, en la Última Cena, tenemos un modelo de intercesión que culmina en el pedido por nuestra salvación eterna: “Padre, quiero que los que Tú, me diste estén conmigo donde Yo esté” (Jn. 17, 24).

Intercedió en el acto supremo de Amor, durante su Pasión desde el madero de la cruz elevó una súplica al Corazón del Padre capaz de conmover hasta las piedras: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 24).

Ya glorificado continúa intercediendo ante el Padre en nuestro favor. En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio: “De ahí que puede salvar perfectamente a los que por Él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor” (Hb. 7, 25).

En la Eucaristía “fuente y culmen de la vida cristiana” (LG 11) los sacerdotes, como hostias vivas nos unimos al ofrecimiento de Cristo, intercediendo por todos los hombres, con sus mismos sentimientos de compasión. Como Pastores debemos recordar nuestra misión de interceder sin cesar por ellos, es un oficio de amor. El dulce oficio de un corazón que ama mucho.

“Este es el que ama a sus hermanos

El que ora mucho por su pueblo”

(Liturgia de las horas. Responsorio del común de Pastores)

 

 
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