| Vencer al mal con el Bien |
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Pastoral carcelaria
Hace un tiempo, con motivo de varios hechos de inseguridad, volvieron a brotar los pedidos de mano dura: “más cárceles, por más tiempo, más lejos, y –cada vez- para los de edad más baja…”. Deponer a los jueces…“blandos” que “dejan salir a los presos por la otra puerta de la que entraron, etc.”. Hay una verdad latente en este reclamo: la falibilidad de la justicia humana. Ella articula un proceso penal, hasta donde lo puede hacer. Pero nunca las frías leyes escritas (duras o blandas) podrán prever, calcular, contemplar todas las conductas de todas y cada una de las personas concretas que mantiene encerradas; el hombre será siempre un misterio, “inagarrable” para cualquier ley.
En las cárceles podemos encontrar personas que ya deberían salir porque se le cumplieron las fechas de sus penas, pero que no están preparadas, maduras, para vivir en libertad (y de hecho reinciden al poco tiempo); a la inversa, podemos encontrar personas que ya están en condiciones psicológicas y espirituales de salir en libertad, que reconocieron su error y que aceptaron y asumieron cómo se debe vivir en sociedad, pero que no podrán salir, a causa de que todavía no se les cumplieron los tiempos de la condena …
Pero ahora, imaginemos un diálogo sincero de corazón, entre Dios y la sociedad, entre Dios y vos, Dios y tu conciencia: Nos enteramos por TV, radio o diarios, que apresaron a un delincuente... Quizás, pensamos: “Él se lo buscó. Lo encerraron… bien hecho… lo hubiera pensado antes… ya está, que se la aguante…”. ¿Podemos decir que “ya está!”, que ya nos podemos quedar tranquilos? No hay nada más por hacer? Falta hacer el bien!!!. El mal, ya lo condena la sociedad, con sus comprensibles razones. Ahora bien: encerrarlo, es ésa toda la propuesta que tiene la sociedad para hacer frente al problema de la inseguridad? Es eso todo lo que se le ocurre, todo lo que se te ocurre? Si es eso todo, la verdad es que es muy mezquina la sociedad, y vos con ella. Si la única solución que uno ve es, “enciérrenlos, así no me molestan a mí”, una de dos: o no deja de ser una propuesta cómoda, individualista y descomprometida, o -en el fondo- es una falta de fe en el hombre, en que pueda cambiar el hombre, y -más en el fondo- es una falta de fe en Dios, que con vos, es capaz de cambiar al hombre.
Al mal no se lo derrota sólo con juzgarlo, o con la acumulación de más mal. Eso, resiente más, y no necesariamente es medicinal. San Pablo dijo: “Vence al mal con el bien”. Y la prueba más absoluta de esto es que el pecado fue vencido en la cruz de Cristo, el mal fue vencido con el “Amor-más-grande- hasta-dar-la-vida”, recuperador de lo humano, (y que llamamos redentor). Ése amor nos cuesta entenderlo, nos desconcierta, confunde (porque no amamos así), y porque en realidad, se trata del amor de Dios, que no es como somos nosotros (menos mal!!!). Por esa misma razón, cuesta tanto entender la tarea de la Pastoral Penitenciaria.
Dijo Jesús: “Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mt.5,5). Y Juan Pablo II decía que “la misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre” (cfr. Dives in Misericordia, n.6). Desde la fe en el Dios-Redentor del hombre, se nos invita a volver al hombre para compartir con él la multiforme gracia de Dios.
Un abrazo y hasta la próxima. P. Fernando Lardizábal. Deleg. Episc. Pastoral Penitenciaria |