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Discernimiento

Búsqueda de como me guía Dios para vivir la fe, la esperanza y la caridad, en el marco de la Santa Iglesia.

El resultado,  la meta, lo primario y absoluto del discernimiento es unirnos al conocimiento y querer de Dios. Dicho de otra manera: ser «hombre o mujer teologal», es decir, hombre o mujer que participa de la vida misma de Dios recibida. La Trinidad comunica al hombre, en el bautismo, el dinamismo incom­parable de su vida: esa incesante actividad de conocimiento y de amor de las tres divinas personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El discernimiento beneficia el desarrollo de nuestra vida espiritual y nos dispone a la santidad y a la vida eterna (1 Ts 5, 8), porque nos ayuda a ejercitar las «facultades» sobrenaturales, que son las virtudes teologales (fe, esperanza y cari­dad) para ponernos en contacto, en relación, en comunidad de vida con Dios Pa­dre, Hijo y Espíritu Santo, recreándonos interiormente, haciéndonos hombres nue­vos, hijos, partícipes de la vida divina (2 Pe 1, 4).

La fe es como un ojo especial, sobrenatural, espiritual, para ver:

*  a Dios que lleva la historia, como aquel que tiene un plan universal para nuestro bien, porque Dios es amor, es salvación; la fe dirá además que Dios es misterioso.

*  con los ojos de Dios, desde el corazón de Dios, desde su punto de vista, tal como él ve, superando el impacto de lo inmediato, descubriendo el otro lado de las cosas, de la realidad, lo más profundo y verdadero, aceptando también aquí el misterio. Es el puente que se apoya sobre la roca-Dios y es capaz de dar estabi­lidad también a costa de quien acepta vincularse con él.

Lo que la fe nos hace ver, la esperanza nos hace, por una parte, casi pregustar, nos hace tender con todos los medios a nuestra disposición. Del creer resulta el esperar. Cuanta más profunda es una, más profunda será la otra. Por otra parte, la esperan­za se desarrolla como confianza intrépida en la gracia de Dios; espera activa, que permitirá superar todas las dificultades de la vida y la propia debilidad, no apoyán­donos en nuestra fuerza y haciéndonos ver que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8, 28).

Lo que más nos une con Dios es la caridad (1 Co 13, 13). La fe es su soporte indispensable, la esperanza su anticipación, la caridad es el vértice; tiene una fun­ción central, es la varita mágica que convierte en oro todo lo que toca, capaz de vivificar todas nuestras acciones, aún las más insignificantes. Tanto se crece en la vida espiritual, cuanto se ama. Amor en todas sus dimensiones: a Dios, a los hermanos, a sí mismo, a la naturaleza, a la misión.

Para los queridos filipenses, una comunidad cristiana a la que Pablo le tenía afecto, a la que estaba unido por un lazo de íntima amistad, pide: «que vuestro amor  crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión, a fin de que podáis   discernir lo que es mejor» (Flp 1, 9-10). El amor es la coordenada para el discernimiento. El amor que discierne desde la apertura al amor a Dios, al prójimo y también a la cruz.

Las virtudes teologales, por lo tanto, son los sustantivos de la vida espiritual, las más importantes de la vida cristiana; se fortalecen al buscar perseverantemente Dios y su voluntad. Si no, se atrofian por inacción. Son como dinamismos divinos que piden desarrollarse.

La fe tiende a adormecerse en la vida diaria por las pruebas y sufrimientos, adhiriéndose a equivocadas imágenes de Dios; se ansían las emociones y fervores; se buscan los dones de Dios más que a Dios mismo; todo esto contamina la cari­dad. El buscarse a sí mismo, corta las alas a la esperanza, y uno se deja llevar por el pesimismo o cualquier otra tentación —desaliento, desconfianza, complejo de inferioridad, desilusión—. Se apoya uno en sí más que en Dios.

Dios trabaja en esta purificación. Concede consolaciones espirituales que despiertan y estimulan la esperanza, la fe y la caridad, queriéndonos llevar a la perfección de la caridad, o sea a la santidad. Pero es preciso velar para no compla­cerse en las consolaciones, porque serían peligrosas, y nos harían caer en la sober­bia, al atribuirnos los dones de Dios. Estos se nos conceden para estimular el ejercicio de las virtudes teologales que nos introducen en la esfera divina. Cristo resucitado conforta la fe de María Magdalena y a la vez no le permite que se aferre a la sensibilidad: «No me toques» (Jn 20, 17).

Asimismo, Dios vela, trabaja, en la purificación, en las crisis de la vida de fe, esperanza y caridad, en grados muy diversos, con las pruebas que permite: desola­ciones y «noches oscuras».

¿Cómo hacer frente a esto sino por el ejercicio humilde y perseverante, aun­que sin consuelo y gusto, de las virtudes fundamentales que afecta? Ejercicios de fe, aunque aparentemente Jesús duerme, sin preocuparse y dejándonos a nuestra suerte, en medio del mar embravecido, frente a la violencia del viento (Cf Mt 14, 22-33). Ejercicios de esperanza, complaciéndonos en las flaquezas, porque, «cuando me siento débil, entonces, es cuando soy fuerte» (2 Co 12, 10). Ejercicios de la caridad, probando que nuestro servicio es diligente (de diligere = amar), amoroso y libre. La desolación invita a la madurez. En la ruta de la vida hay que avanzar con la consolación y con la desolación.

Más que examinar si está o estuvo bien o mal algo puntual que estoy hacien­do o que hice, nos interesa descubrir el estado fundamental de nuestra alma y si vamos en buena dirección, si estamos caminando en presencia del Señor en fe, esperanza y amor.

Cuando San Ignacio, en el librito de los Ejercicios se refiere al discernimien­to, en el corazón de la experiencia que son las Elecciones, es decir, para elegir el modo de seguir a Cristo, o sea la aceptación profunda y la vivencia en la práctica, con generosidad, de la voluntad personal, actual, de Dios, no descuida la referen­cia eclesial: «Que esas vivencias militen dentro de la santa madre Iglesia Jerárquica, y que no sean malas ni repugnantes a ella» [170].

El marco, pues, donde se mueve el discernimiento está circunscrito por la fe de la Iglesia. El discernimiento nunca será una realidad puramente individual y privada. El presupuesto eclesial es el elemento básico e imprescindible. Lo que uno elija será la manera concreta de ser en la Iglesia. Así uno deja de buscarse, hace uno éxodo personal, saliendo de su amor propio, e intereses egoístas; sociali­za lo propio, sus bienes espirituales y materiales y se da un éxtasis —liberación— del círculo estrecho, del individualismo, a la eclesialidad; es abrirse a la Iglesia, no es llevar adelante el proyecto de un francotirador. Es la aventura solidaria de querer servir en la Iglesia a los hombres. La finalidad por la que el Espíritu Santo da sus dones es para la edificación de la Iglesia y de la sociedad: 1 Co 12, 7; 14, 12. 26. Lo opuesto a la edificación es la desunión y la división, que no puede venir del Espíritu: 1 Co 1, 10-13.

 

P. Hugo Nazareno Massimino, cpcr

 

 
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