| Jesús es el "Siervo por amor" |
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"Anawín del Padre" Jesús es el Siervo de Dios Padre; es el esclavo de su voluntad salvadora; es enviado para realizar la obra de salvación del hombre. Todo ello lo hace Jesús desde dentro, desde lo profundo del Corazón, fuente del Amor divino. Ese Amor divino que le posee que no es otro que el espíritu del Padre. Unido al Padre en el Espíritu, quien ve a Jesús, ve al Padre; quien ama a Jesús, ama al Padre; quien mora en Jesús, mora en el Padre. El amor al Corazón de Jesús es, abiertamente, el amor al Corazón del Padre presente en nuestra historia. Quiero orar con la bella oración de Charles de Foucauld, el fundador de los Hermanitos y Hermanitas de Jesús. En la cruz que llevan, está pintado un corazón. Porque el amor apasionado de Carlos, convertido, era el Corazón de Jesús. Lo que él dice del Padre, yo lo llevo al Corazón de Jesús. Digo: “Corazón de Jesús, me pongo, me abandono en tu Amor divino; ese Amor que invade tu Corazón. Haz de mí lo que quieras; sea lo que sea, Corazón de Jesús, te doy las gracias. Porque todo lo que tú quieras para mí es el mejor y más bello bien”. “Corazón de Jesús, lo acepto todo con tal que tú y yo juntos cumplamos la voluntad del Padre; el proyecto de amor para nosotros; el plan divino soñado desde la eternidad. Lo quiero para mí y para toda la humanidad. Quiero que su amor y vida entre todos los corazones, habite en todos los hogares, haga expresión en la sociedad. Ya no quiero nada más, Corazón de Jesús. Me llena la voluntad del Padre, me invade y planifica su gozo y alegría. Yo te ofrezco, corazón de Jesús, mi alma. Mi pobre vida. Mis miserias y dones; mis fragilidades y grandezas. “Corazón de Jesús, te lo doy con todo el amor de que soy capaz. Con un amor débil, pero grande en deseos; con un amor frágil, pero grande en deseos con un amor frágil, pero tenaz en quererte. Ya no quiero nada más. Sólo a ti mi todo y mi único. Deseo darme, ponerme en el fondo de tu Corazón y dejarme abrasar por las llamas que arden dentro sin consumirse. Me pongo en tu amor con infinita confianza; con seguridad y certeza con infinita ternura, porque tú, oh Corazón de Jesús, eres la epifanía del amor entrañable del Padre”. Sí; Jesús se abandonaba en las manos del Padre desde su corazón pobre y humilde, poquita cosa y buscando siempre el último lugar. Su Corazón era el Siervo de Dios, el del mendigo de Dios, el de aquel que peregrinaba los caminos, dando a los hombres los dones que el Padre le había regalado, lo hacía con una sencillez, humildad y verdad que seducían. Lo hacía porque se sentía Hijo amado del Padre, en quien se complacía. Su humildad gozaba de la dulzura de lo bello, desde lo pequeño. “Quiero ser como tú, Corazón de Jesús, “Anawín” del Padre. Contigo quiero cumplir su voluntad y buscar en todo su gloria y darle alabanza. Quiero caminar en la vida con los ojos puestos en el Padre y saborear su mirada, como expresión de amor. Quiero vivir en tu escuela, donde tú eres el Maestro, que enseña este estilo de vida, con un “Corazón manso y dulce; firme y suave; humilde y puro; lleno de paz y transparencia. Déjame entrar en tu escuela donde lo que cuenta es el “corazón”, lo profundo, lo de dentro. Lo que está escondido como un TESORO en esa pobre vasija de barro que soy, tú eres el Tesoro”.
Emilio L. Mazariegos Autor del libro. Corazón en llamas. Ed. Paulinas pp. 93-95 |