CPCR
La Eucaristía, nuestra santificación

La comunión con el cuerpo de Cristo

Autor: Raniero Cantalamessa

En la Eucaristía se realiza la comunión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero en la Eucaristía se realiza también una comunión horizontal, esto es, con los hermanos.

En el texto que hemos recordado al principio, san Pablo decía: El pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1Co 10, 16-17). En este fragmento, se menciona dos veces la palabra “cuerpo”; la primera vez designa el cuerpo real de Cristo, la segunda su cuerpo místico que es la Iglesia. “Y, puesto que sufrió por nosotros –escribe San Agustín- nos confió en este sacramento su cuerpo y sangre, en que nos transformó también a nosotros mismos, pues también nosotros nos hemos convertido en su cuerpo y, por su misericordia, somos lo que recibimos. Recordad lo que era antes, en el campo, este ser creado; cómo lo produjo la tierra, lo nutrió la lluvia y lo llevó a convertirse en espiga; a continuación lo llevó a la era el trabajo humano, lo trilló, lo aventó, lo recogió, lo sacó, lo molió, lo amasó, lo coció y, finalmente, lo convirtió en pan. Centraos ahora en vosotros mismos: no existíais, fuisteis creados, llevados a la era del Señor y trillados con la fatiga de los bueyes, es decir, de los predicadores del Evangelio. Mientras permanecisteis en el catecumenado estabais como guardados en el granero, cuando disteis vuestros nombres para el bautismo, comenzasteis a ser molidos con el ayuno y los exorcismos. Luego os acercasteis al agua, fuisteis amasados y hechos unidad; os coció el fuego del Espíritu Santo y os convertisteis en pan del Señor. He aquí lo que habéis recibido. Veis cómo el conjunto de muchos granos se ha transformado en un solo pan; de idéntica manera, sed también vosotros una sola cosa amándoos, poseyendo una sola fe, una única esperanza y un solo amor”.

El cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, se ha formado a semejanza del pan eucarístico, ha pasado a través de las mismas vicisitudes. El pan eucarístico realiza la unidad de los miembros entre sí. En la comunión «muestran de manera concreta la unidad del Pueblo de Dios, que este Santísimo Sacramento significa tan perfectamente y realiza tan maravillosamente». En otras palabras, aquello que expresan en el plano visible los signos del pan y del vino -la unidad de muchos granos de trigo y de una multiplicidad de granos de uva-, el sacramento lo realiza en el plano interior y espiritual.

«Lo realiza»: pero no sólo, de forma automática, sino con nuestro compromiso. Al acercarme a la eucaristía ya no puedo desentenderme del hermano; no puedo rechazarlo sin rechazar al mismo Cristo y separarme de la unidad. Quien en la comunión pretendiera ser todo él fervor por Cristo, después de haber apenas ofendido o herido a un hermano sin pedirle perdón, o sin estar decidido a hacerlo, se parece a alguien que al encontrar después de mucho tiempo a un amigo suyo, se eleva de puntillas para besarlo en la frente y mostrarle así todo su afecto, sin darse cuenta de que le está pisando los pies con sus zapatos de clavos. Los pies de Jesús son los miembros de su cuerpo, especialmente aquellos más pobres y humillados. Él ama estos «pies» suyos y le podría gritar a dicho amigo: ¡Me honras sin fundamento!

El Cristo que viene a mí en la comunión, es el mismo Cristo indiviso que se dirige también al hermano que está al lado; por así decirlo, él nos une unos a otros, en el momento en que nos une a todos a sí mismo. Aquí reside quizás el significado profundo de aquella frase que se lee alguna vez en los escritos del Nuevo Testamento y de los primeros siglos de la Iglesia:

«Unidos en la fracción del pan» (cfr. Hch 2,42): los cristianos se sentían unidos en la fracción del pan. Una paradoja unidos al dividir. Fracción significa, en efecto, división. Precisamente esto: nosotros estamos unidos en el dividir, o mejor en el partir, en el compartir el mismo pan. San Agustín nos recordaba más arriba que no podemos obtener un pan si los granos que lo componen no han sido primero «molidos». Para ser molidos no hay nada más eficaz que la caridad fraternal, especialmente para quien vive en comunidad: el soportarse unos a otros, a pesar de las diferencias de carácter, de puntos de vista, etc. Es como una muela que nos lima y nos afila cada día, haciéndonos perder nuestras asperezas naturales.

Ahora hemos comprendido lo que significa decir: Amén y a quién decimos: Amén en el momento de la comunión. Se proclama: «¡El cuerpo de Cristo!» y nosotros respondemos: ¡Amén! Decimos Amén al cuerpo santísimo de Jesús nacido de María y muerto por nosotros, pero decimos también Amén a su cuerpo místico que es la Iglesia y que son, concretamente, los hermanos que están a nuestro alrededor, en la vida o en la mesa eucarística. No podemos separar los dos cuerpos, aceptando uno sin el otro. Quizá no nos cueste demasiado pronunciar nuestro Amén a muchos hermanos, es posible que a la mayoría de ellos. Pero siempre habrá alguno entre todos ellos que nos haga sufrir, no importa de quién sea la culpa, si suya o nuestra; siempre habrá alguno que se oponga a nosotros, nos critique, nos calumnie. Decir Amén en este caso, es más difícil, pero esconde una gracia especial. Es más, existe una especie de secreto en este acto. Cuando queremos realizar una comunión más íntima con Jesús, o tenemos necesidad de perdón o de obtener una gracia especial de él, éste es el modo de lograrlo: acoger a Jesús, en la comunión, junto con «aquel» o «aquellos» hermanos. Decirle explícitamente: Jesús, hoy te recibo junto con tal (y aquí decir el nombre), le hospedo junto a ti en mi corazón, estoy contento si tú lo traes contigo. Este pequeño gesto le agrada mucho a Jesús porque sabe que para realizarlo debemos morir un poco.

Termino esta meditación con una estrofa del Adoro te devote que ha alimentado la piedad eucarística de tantas generaciones de creyentes: «¡Oh! memorial de la muerte del Señor, pan vivo que das la vida al hombre: concede a mi alma vivir de ti y experimentar siempre tu dulzura».

 
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