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La Santidad: Llamada amorosa de Dios para todos

…muchas veces a lo largo de la existencia he sentido (y realmente ha sido así) que mi vida transcurría por dos carriles paralelos, independientes y estancos: la vida diaria, y la vida de fe. Una vida secular interrumpida regularmente por la misa semanal o alguna práctica externa de piedad…

Cómo lograr que esas dos ramas que a veces crecen separadas, fe y vida, formen un solo tronco: FeVida. ¿Cómo lograr vivir cabalmente el llamado a la santidad que Cristo nos revela a cada uno, desde nuestra vocación particular? ¿Cómo unir en un solo movi-miento la urgencia cotidiana con lo sobrenatural y eterno? Ese es el fascinante y arduo desafío que debemos encarar cada día y para el cual no hay recetas magistrales sino un largo aprendizaje, que creo, nos consume toda la vida.

El laico en la historia de la Iglesia

Es interesante conocer aunque sea someramente el papel del laico a lo largo de la historia de la Iglesia, para comprender el origen de alguna de las dificultades que se interponen en nuestro camino.

El mensaje de Jesucristo en el Nuevo Testamento es universal, llega a varones y mujeres, sacerdotes, niños o soldados con las mismas palabras. Todos amados incondicionalmente, todos salvados gratuitamente, llamados a vivir la vida en Cristo, a ser testigos y servidores del Evangelio. La diferencia sí se establece en la proximidad a Su Corazón que no depende de la jerarquía o condición, sino de la entrega, la fe, la humildad, la pureza o la pasión con la que se lo ama. Y así vemos en el Evangelio la variedad de personas, personalidades y también pecadores que tienen cercanía e intimidad con el Señor. Ante todo María, humildísima; Juan el discípulo más joven; Pedro, atolondrado; Marta y María tan distintas, la samaritana, el centurión, leprosos y ciegos. Personajes tan disímiles que nadie puede sentirse excluido.

Si bien Jesús mismo instaura la jerarquía en la Iglesia naciente, es todo el Pueblo de Dios el que vive y propaga la fe en los comienzos de la iglesia. Apóstoles, diáconos, judíos y paganos viven las mismas esperanzas y persecuciones. Cuando las funciones desempeñadas por los laicos, son asumidas por el clero, se instala una cuña entre la vida de fe y la secular del pueblo.

En el siglo IV ya se había oscurecido  la idea de la vocación de todos a la santidad, reservándose para los monjes.

Durante alta Edad Media se instaura una concepción que aunque atenuada llega hasta nuestros días. La vida laical o seglar es la forma más rudimentaria de realización religiosa por detrás del clero y los monjes, siendo la vida monacal la forma más acabada de perfección cristiana. Refuerza esta concepción la ignorancia sobre las cosas sagradas, la doctrina e incluso el analfabetismo del pueblo (laico=lego). El matrimonio se ve sólo como “la más baja de las condiciones de la vida cristiana”.

Si bien a partir de la baja Edad Media comienza a revertirse esta concepción por el influjo de San Francisco y alguno de sus compañeros que no son sacerdotes, persiste la idea de que la perfección en la fe del laico debe realizarse con actos heroicos, flagelaciones o renuncias extremas. Más adelante es San Francisco de Sales quien defiende tenazmente que la santidad es para todos, porque no es otra cosa que el amor a Dios y a los hombres.

Nuestro reto hoy

No es fácil para los laicos encontrar en las predica-ciones o en la literatura religiosa una catequesis adecuada a su estado y los difíciles tiempos que se viven. O se nos presentan opciones imposibles de realizar o se nos mira con cierta indulgencia, llevándonos a la mediocridad. Fluctuamos entonces entre dos extremos, aspirar a una vida ascética propia de un ermitaño o religioso o en su defecto dejarnos arrastrar por el mundo, secularizando nuestra vida, limitando la vida de fe en el mejor de los casos a “actos religiosos” y utilizando nuestros recursos intelectuales para justificar nuestra forma de vida.

Pretender vivir la dinámica de un monje se torna inalcanzable físicamente por las obligaciones del laico, o puede llevar a una deformación, el “clericalismo de los laicos” donde el laico pretende reemplazar al sacerdote o peor aún cree estar en un nivel superior al de sus hermanos por desempeñar algún servicio o ministerio dentro de la iglesia.

La secularización de la vida es el otro extremo y nos puede pasar (como también a los sacerdotes) incluso realizando tareas de servicio o asistencia a los demás si vaciamos de contenido nuestras acciones, pero sobre todo cuando desatendemos o directamente no buscamos la oración. Y es en la oración dónde se encuentra la respuesta a nuestros anhelos y la fortaleza para nuestras luchas.

Amerita entonces encontrar el equilibrio y lograr vivir dentro de nuestra vocación laical el llamado a la santidad que nos revela Jesús.

Algunas de las dificultades

Las trabas con las que nos enfrentamos hoy, debemos rastrearlas desde la infancia. La sensibilidad que naturalmente tiene el niño para las cosas sobrenaturales, se pierde cada vez más precozmente en manos del imperio de las imágenes, el ruido y el vértigo. Ya no parece haber juego que apasione a nuestros hijos o espacio para la fantasía. El mundo “normal” del niño, donde se mezclan las realidades terrenas y divinas gracias a su inocencia, es atacado por los propios padres que no respetamos sus tiempos naturales de maduración y además los hacemos adherir a valores y metas que no son las de Cristo. Compulsivamente los obligamos a llenar su tiempo con actividades y cosas “útiles” pero que poco tienen que ver con la vida de fe. Más adelante caemos en la “adicción a los estímulos”, es decir, mantener permanentemente en uso uno o varios de nuestros sentidos con estímulos externos para no caer en el desasosiego.

Las urgencias diarias incluso las buenas y propias de nuestro estado, familia, trabajo, compromisos sociales, deporte, estudio, nos insensibilizan respecto a la omnipresencia de Dios que clama desde todas las cosas, incluso las inanimadas.

Las condiciones de vida y trabajo en las ciudades se han tornado extremas pero a costa de un daño mayúsculo en las relaciones y en la escala de valores. La pérdida de los espacios personales para la reflexión y la oración  nos ha llevado a olvidar o peor, a ignorar a Dios.

Y para sostener esta nueva escala de valores y prioridades, el dinero como medio y fin en sí mismo. La búsqueda de los bienes materiales o el poder como medio de realización nos introduce en una rueda de la cual es difícil salir ya que se retroalimenta sin límites. Y son entonces los bienes materiales los que nos llevan al engaño sobre la naturaleza de nuestras alegrías, haciéndonos creer que ellas devienen de las cosas. Ignacio Larrañaga lo sintetiza magistralmente y lo explica nada menos que en un momento de la vida de San Francisco, “En los castillos levantados sobre dinero, poder y gloria no puede entrar Dios. Cuando todo resulta bien en la vida, el hombre tiende insensiblemente a centrarse sobre sí mismo, gran desgracia porque de él se apodera el miedo de perderlo todo, y vive ansioso, y se siente infeliz. Para el hombre, la desinstalación es, justamente su salvación” (El Hermano de Asís). Jesús es terminante al respecto, “Eviten con gran cuidado toda clase de avaricia, porque aunque uno lo tenga todo, no son sus posesiones las que le dan vida.” (Lucas 12,15).

Siempre hay esperanza

Si somos capaces de cuestionarnos nuestra coherencia con respecto a la fe y estamos dispuestos a encarar el desafío de vivirla cabalmente, contamos con lo mucho o poco que nos queda de vida para lograrlo ya que Dios no deja de llamarnos y esperarnos, a “buenos y malos” (Mateo 22, 10). Cada uno con su inteligencia, voluntad y la ayuda de los sacramentos posee las herramientas para alcanzar la santidad a pesar de las caídas y retrocesos que parecen ser más que los avances. Y cuando nos gana el desánimo, tenemos aún en María no sólo el modelo más acabado de vida laical sino una mediadora infalible.

Debemos recuperar el gusto por Dios y sus dones. Volver a educar nuestros sentidos para que perciban las realidades sobrenaturales y puedan elevarse por encima de tantas distracciones. En definitiva orar.

Quizás una opción sea buscar remansos de paz, silencio y soledad en algún momento del día, sea en la ciudad o en casa, antes de comenzar la vorágine del día o al finalizarlo. Lugares y momentos en donde poder despojarnos de todo para encontrar a quien Es Todo.

Durante la adolescencia y la juventud, puede ser la acción, un apostolado o un grupo lo que nos acerque a la fe. Al madurar, serán los anhelos más profundos, nuestra interioridad y la oración, los que determinen la calidad y caridad de nuestros actos. La transformación desde el interior a la superficie, un corazón de piedra por uno de carne. Quizás entonces se cumplan en nuestras vidas las palabras del profeta: En ese pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras (Isaías 66,2).

Juan Pablo Scapini

 

 
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